Historia de un héroe de Malvinas: la hazaña del teniente primero Juan Carlos Buschiazzo

Hace 37 años, el espesor de la neblina y la turba malvinense hacían que la visibilidad fuera muy reducida en el archipiélago. En medio de ese escenario, dos buques británicos aceleraban sus turbinas abandonando el grupo de batalla de portaaviones. Así se perdían en la noche del 9 de mayo con la intención de tomar posición al sur de Puerto Argentino. Se trataba de la fragata tipo 22 HMS “Broadsword” (F88) y el destructor tipo 42 HMS “Concentry” (D118). Su misión era derribar cualquier vuelo que quisiera posarse en el aeropuerto de las islas.

Los británicos consideraban indispensable destruir los helicópteros de nuestro Ejército para lograr inmovilizar la defensa argentina. Con este concepto, la fragata HMS “Alacrity” inició a la 1:30 un intenso fuego naval de dos horas sobre la zona de aterrizaje de helicópteros en Moody Brook, la cual recibió una lluvia de 90 proyectiles fragmentarios y tres iluminantes. Las consecuencias fueron fuertemente negativas para las Fuerzas argentinas: dos helicópteros del Ejército y uno de Prefectura quedaron fuera de combate, siendo esta última aeronave un Puma PA-12, utilizado para misiones de búsqueda y rescate en el mar.

Eran las 8 de la mañana cuando una Patrulla Aérea de Combate abrió un bombardeo sobre Puerto Argentino, aunque esta vez sin causar daños. Pero de regreso al portaaviones “Hermes”, detectaron un eco radar a unas 60 millas de su posición: era el pesquero argentino “Narwal”. Tras pedir autorización para atacar, siendo ya las 8:50, realizaron sucesivas corridas de tiro con sus cañones sobre la embarcación.

A las 9:05 se recibió un mensaje de emergencia en Puerto Argentino. Provenía desde el pesquero, desde donde alertaron: “Aquí ‘Narwal’. Somos atacados por aviones ingleses. Tenemos heridos graves”. La última comunicación se produjo a las 11:25, en la que indicaba que quedaban “seis hombres en un bote a la deriva. No quedan elementos de salvamento. ‘Narwal’ a punto de hundirse”. La última posición conocida era al sureste de los Leones Marinas, al sur de la Isla Soledad. Ante esta situación desesperante, el almirante Otero solicitó un helicóptero del Ejército para buscar y rescatar a los posibles sobrevivientes.

A raíz de los ataques de la noche anterior, los helicópteros del Ejército acababan de cambiar posición al Monte Kent. Estaban fuera del alcance de la artillería naval. Mientras aún aterrizaban las últimas aeronaves en la nueva base, le ordenaron por radio al teniente primero Juan Carlos Buschiazzo que regrese al punto inicial para cumplir con la pertinente misión de rescate en el mar.

Buschiazzo había ingresado a la Fuerza en 1976 como piloto comercial de avión habilitado a vuelo por instrumento y realizó un curso de seis meses en la Escuela General Lemos. Se formó como piloto de helicópteros y participó con la Armada en varias campañas antárticas. En 1982 se encontraba destinado en el comando de arsenales, fuera de la aviación de Ejército. Hacía pocos días había sido padre y podría haberse quedado cómodamente en su puesto de oficina a salvo de los peligros de la guerra. Sin embargo, se ofreció como voluntario para ir a Malvinas.

Retomando la historia, aquel día el helicóptero de Buschiazzo no funcionaba correctamente, ya que cuando reducía la potencia de sus turbinas un motor se detenía. Por esto, cambió al Puma AE-505, del teniente primero Roberto Fiorito y el sargento mecánico de aviación Horacio Di Motta. Vale recordar que durante la guerra de Malvinas los helicópteros volaban con un solo piloto y el puesto de copiloto era ocupado por un mecánico de aviación. Por la complejidad de la misión, el segundo jefe del batallón de aviación de combate 601 ordena que otro piloto acompañe a Fiorito. Ante esta directiva, varios jóvenes oficiales se ofrecieron como voluntarios pese a los riesgos que implicaba participar de la misión en cuestión. Sin embargo, no hubo lugar a mayor discusión cuando Buschiazzo afirmó: “La orden me la dieron a mí, así que el copiloto soy yo”. Esta conducta, coherente con los valores que sustenta la institución, demostró la integridad y el valor de los oficiales de la aviación de Ejército ante una situación de combate.

Pese a que por segunda vez Buschiazzo podría haberse quedado callado ante el peligro, el inicio de la operación de rescate era inminente ante su insistente ofrecimiento para ser parte de la misión. Misión peligrosísima y desconocida en la experiencia de los integrantes del Ejército, ya que se trataba de tareas de rescate para las cuales se preparan los aviadores navales o de Prefectura.

El despegue en Puerto Argentino fue a las 16 y automáticamente el helicóptero desapareció entre la niebla. Sólo el ruido de sus turbinas atestiguaba su existencia en zona.

Mientras el helicóptero volaba con rumbo sudoeste, en cercanías de Puerto Enriqueta, fue detectado por el radar de vigilancia de la fragata “Broadsword”. Los datos fueron rápidamente enviados al destructor “Coventry”. El paso siguiente era previsible. Los tripulantes argentinos continuaron su vuelo bordeando la costa, sin saber que habían sido detectados y sólo imaginando encontrar a los náufragos en medio de la neblina malvinense.

Aún estaban fuera del alcance de las armas del “Coventry”, por lo tanto desde la nave británica decidieron esperar que el helicóptero argentino se acerque a su posición. Cuando estuvieron a una distancia de 13 millas náuticas de distancia, el capitán del “Coventry” ordenó lanzar un misil Sea Dar sobre el Puma AE-505 de nuestra bandera.

La suerte no estaba de nuestro lado ese día, ya que el misil alcanzó en el aire a nuestros héroes sellando para siempre la vida y entrega de la tripulación del Puma AE-505. Según el parte oficial emitido por el “Coventry”, el derribo se produjo a las 16:07.

Durante el conflicto, precisamente el 25 de mayo, la Fuerza Aérea Argentina saldó nuestra deuda con la tripulación de rescate y envió a pique la fragata “Coventry”. El helicóptero y su tripulación nunca fueron encontrados.

Buschiazzo, Fiorito y Di Motta permanecen ahí como centinelas permanentes de nuestra soberanía irrenunciable. Son ellos ejemplo de iniciativa, vocación de servicio, integridad, honor y valores morales que acompañan desde siempre al soldado argentino.

*El autor es jefe de personal de Aviación de Ejército

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